jueves, 8 de noviembre de 2007

Viajando al pasado...

Pienso en aquella tarde, lluviosa, más bien tormentosa. Acababa de llegar en un autobús bastante cochambroso, muy incómodo y viejo, hasta me clavaba los hierros del sillón. Conmigo iba sólo una maleta. Unas cuatro horas de viaje hasta llegar a la ciudad.

Estaba sentando en un portal tranquilamente, ensimismado en mis pensamientos, observaba la lluvia caer, esperando a que escampara. En mi bolsillo, el dinero de la matrícula y algo más para tirar adelante. Era el primer día de muchos que pasaría en esta ciudad, mi carrera estaba apunto de comenzar. No sabía lo que el destino me depararía.

El miedo empañaba mis pensamientos. Estaba en una ciudad que no conocía, y sabía que me tendría que buscar un hostal para dormir, y mañana un piso barato que incluiría a unos compañeros desconocidos (algunos de los cuales llegarían a ser mis mejores amigos). Ideas que revoloteaban en mi cabeza, dando vueltas y más vueltas. No había ningún plan: sólo yo ante mi nuevo futuro, o mejor dicho, mi presente. Eran otros tiempos. Eran los principios de los setenta.

Todo fue tan distinto... Ahora, treinta y pocos años después, acompaño a mi hijo en su primer día de universidad. El día me recuerda a aquél, lluvioso o más bien tormentoso, pero aparte de la climatología, nada es igual. La matrícula ya está pagada, y una tarjeta es suficiente para que disponga del dinero que necesite. No lleva sólo una maleta, sino tres ó cuatro; un ordenador con su monitor y sus altavoces, una silla -las de la residencia no le gustaban-, y mil trastos que no sé para qué los querrá. Dicen que ahora así es la juventud.

Va a una residencia que cuesta al mes lo mismo que costaba todo un año para mí. Allí compartirá vivencias con tres o cuatro amigos suyos del colegio. Todos estuvieron de acuerdo en elegir una residencia sin hora de entrada y que fuera mixta, por supuesto. Lo tenían todo pensado.

Lo peor es que sé que este primer año apenas estudiará. Es el año del gran cambio: del instituto a la universidad. Saldrá mucho de fiesta e ira a sólo a veces a la facultad, pero bueno, son cosas que los padres tenemos que aceptar. Cómo han cambiado los tiempos.

Los de mi generación -no todos, los había más afortunados-, no nos podíamos permitir perder un año, porque no había dinero. Nuestros padres, y en muchas ocasiones nuestros hermanos mayores, se habían esforzado mucho, trabajando de sol a sol, para que alguno de la familia pudiera estudiar en la universidad, así que no te podías permitir el lujo de perder el tiempo. Eso no significa que no saliéramos de juerga, todo tiene que quedar claro, pero si al día siguiente nos teníamos que levantar para estudiar, nos levantábamos. Teníamos más sentido de la responsabilidad.

Las bibliotecas eran los únicos lugares donde encontrar información -teníamos que pelearnos por conseguir los libros-, así que las utilizábamos para hacer trabajos, completar apuntes y estudiar las asignaturas. Ahora, sin embargo, me cuentan que los apuntes los cuelgan en el campus virtual, que las bibliotecas están para estudiar y para ligar, y que la mayoría de los libros sólo están cogiendo polvo. Ahora se busca todo por Internet, confiando en unas fuentes de dudosa rigurosidad... Algunas serán mucho mejores y más actualizadas que los libros, pero, ¡cómo cambian las cosas!

Cómo ha cambiado el mundo en escasos treinta años. ¿Quién se imagina su vida sin móvil, sin tarjeta de crédito y sin internet? ¿Podéis imaginaros como será la vida dentro de otros treinta años?

2 comentarios:

Josel3 dijo...

Yo creo que dentro de 30 años todos estaremos... más calvos xD Y da vértigo pensar en lo que viene, pero seguro que sabremos manejarnos (para algo semos informáticos, estamos a la orden del día :P)

Ese guti y su blog ! oé xD

Unknown dijo...

Disfruta del presente, porque dentro de poco se convertirá en el pasado que todos añoran.

¿Quién ha escrito eso? ¿Tú? ¿Estuviste en la universidad hace 30 años? Qué locura!